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miércoles, 2 de noviembre de 2011

Mesa 2 - No hay relación sexual



FORO: LO QUE LA EVALUACIÓN SILENCIA
"Las Servidumbres Voluntarias"


MESA 2: No hay relación sexual. Coordinada por Oscar Ventura.

Anotaciones al “trabajo afectivo”
Salomé Ramírez

Ellas y él
Shula Eldar

Notas para una teoría lacaniana sobre la violencia sexual y el feminicidio
Manuel Fernández Blanco





Salomé Ramirez. Historiadora del arte y Productora Cultural

Anotaciones al “Trabajo afectivo”.[1]


Durante 40 años y a contracorriente de lo ocurrido en los años de la república, el franquismo volvió a recluir a la mujer en el hogar sometiéndola en dos sentidos: a través de la minoría de edad perpetua y bajo el engaño de una la labor que la hacía esclava y, a su vez, soberana de ese espacio de reclusión. 
Ahora bien, la pregunta que deberíamos plantear es la siguiente: ¿Cómo pudo afianzar esos cuerpos en el espacio doméstico y cómo estas tendencias se han perpetuado en las siguientes generaciones? Si el adoctrinamiento directo se ejerció hasta el 1977, año de desaparición de la Sección Femenina, la normalización de ciertas conductas se han mantenido más invisibles. Por ello convendría no solo enfocar en el proceso disciplinario ejercido por la escuela, la Iglesia y el propio Servicio Social, sino afrontar la producción de afectos que permitieron la construcción de una subjetividad concreta prolongada en otras generaciones.
A través de la doctrina y la disciplina se moldearon los cuerpos, encorsetándolos en un traje difícil de quitar. En un falso “feminismo femenino” donde la diferencia del género era una constante, la maquinaria franquista producía una subjetividad complicada de extirpar. El problema no radicaba únicamente en las enseñanzas que se ejercían desde la escuela sino desde el propio hogar. Hay que decir a este respecto que Franco obtuvo un gran éxito en uno de sus propósitos: crear un “gran hogar” donde la producción de las subjetividades estaba completamente armada y pocas cosas quedaban fuera de este ámbito. Cierto es que para ello la mujer desarrollaba un papel primordial dado que era la portadora de los valores de higiene básicos, de educación “urbana”, de “equilibrio emocional de la familia” y finalmente la abanderada de un modelo de producción social. Se trataba, a fin de cuentas, de la producción de la “familia Higiénica” en un “hogar Higiénico” y en un “estado Higiénico”.
La producción de subjetividad partía de ese “equilibrio emocional de la familia” en el espacio doméstico que es, en definitiva, el campo de batalla de fuerzas del cuerpo. Este, en su proceso de disciplinamiento, terminaba embalsamado en la normalización; de este modo, desde la escuela, el hogar y el “gran hogar” la mujer se ve sometida a una “servidumbre forzosa” que, bajo el efecto normalizador, creaba una “normalización de esta servidumbre”. Dicho de otro modo: las tecnologías de subjetivación intervienen en el individuo, normalizando su conducta y, sobre todo, anticipándose a sus reacciones. A modo de armadura (uniforme) la posibilidad de escape es mínima pero además el sujeto termina sintiendo más alivio en ese espacio “controlado” y “sin fisuras” que el exterior. Durante la dictadura existía un “miedo real” a las consecuencias de la huida de esa armadura pero, ciertamente, no justifica el adoctrinamiento por parte de la mujer en el hogar. Lo segundo ocurre cuando hemos asumido nuestra servidumbre como “normal”, como “habitual”, y nos sentimos cómodos en ese hábito. Esto es efecto de la normalización que modela el cuerpo y construye un imaginario. Se trata de un proceso integral de “afianzamiento y mantenimiento, una instalación del sujeto, una subjetivación”[2].
Analicemos pues los aspectos en los cuales se encontraba la mujer ya enclaustrada en su hogar y desprovista de derecho alguno. En el “hogar” la mujer era esclava y soberana a la vez. Por un lado debía transformar el espacio doméstico en un lugar perfecto, limpio y placentero a la mirada del hombre. Tal y como apuntan las enseñanzas de la sección femenina se debía tener en cuenta el aspecto de una en todo momento, priorizar las necesidades del hombre y no mostrar ningún tipo de disenso en el espacio hogareño. Para conseguir esto último en primera instancia debía pues ejercer su propia autoridad hacia los hijos, además de educarlos y orientarlos hacia una normalización de su conducta. En otras palabras, si un espacio doméstico es el primer eslabón de “la domesticación social” en el se debe ejercer también un dominio a través de las relaciones afectivas (dado que aquí operan en primer orden). El motor de esta normalización es la producción de afectos orientados hacia una “higienización afectiva” necesaria en la conformación de un cuerpo moldeado.
Para ello se necesita de otro cuerpo que en una relación doble esté dominado y educado para estar enclaustrado en ese espacio llamado “hogar” –siervo forzoso- y, por otro lado, ser amo de ese espacio, únicamente ese espacio. El trabajo asignado, en consecuencia, a la mujer opera desde el afecto o, produciendo pues el “valor-afecto”[3], de carácter inmaterial[4] en tanto valor de producción. El “valor-afecto” intensifica esta relación sierva/soberana entre la mujer y el resto de los miembros, dado que lo siente como necesario. En otras palabras, la producción de dicho valor es la que asigna la sensación de, primero dominación de la situación (a través de este trabajo afectivo) y, segundo, dependencia absoluta de la cadena de producción que genera (una producción de afectos encaminados al mantenimiento de esta condición).
Como conclusión e inicio de debate propongo reflexionar sobre el modelo de producción de afectos en la actualidad y más allá de este espacio de domesticación. Consecuentemente se debe retomar ese “gran hogar” u “hogar estado” mencionado y abordar la cuestión en la actualidad, abordar el “hogar-empresa”.
Para ello es indispensable retomar las lecturas de Toni Negri, Michael Hardt y Lazzarato acerca del “trabajo inmaterial” partiendo del concepto de “trabajo afectivo”.

Shula Eldar. Psicoanalista

“Ellas y él”


Lo que sucede hoy en las plazas públicas trae a la memoria los acontecimientos de otro mayo que parecía olvidado.
Recordé los diagnósticos que hizo Lacan, en esa época, sobre la vida contemporánea. Por entonces, la vida sexual había pasado ya de ser de dominio privado a ser libre y de dominio público. Lacan dejaba constancia de algo que se aprende sólo de la experiencia analítica: que la libertad sexual puede tomar la forma de defensa ante el encuentro sexual.

En "él" esto se manifestaba como apatía ante el esfuerzo de seducción y en "ellas" como desencanto ante el declive de la posición viril.
Daré algunas pinceladas sobre tres momentos diferentes que se sucedieron desde comienzos del siglo XX.
De las muchas mujeres que llegaron a la consulta de Freud, dos eran unas jovencitas que respecto a la sexualidad no sabían sobre qué pie bailar ... A ambas las condujo el padre: figura central de la época.
Una de ellas necesitaba preservarlo en su impotencia para no saber nada sobre lo femenino y resguardarse, así, del encuentro sexual. Sabemos que renunció al amor y que tuvo una amarga existencia. La otra, una biografía la apoda Sidonie, desafiaba la potencia viril. Decepcionada e identificada con lo masculino viró hacia la homosexualidad.
Los cambios de época y las nuevas formas de organización simbólica que aparecen dejan marcas en los seres sexuados. Hay quienes son capaces de verlo con clarividencia. El filósofo Alexandre Kojève mostró en qué consistía la mutación de la figura viril en lo que llamó "el último mundo nuevo". Fué a mediados de los 50. En esos años se publicaban las novelas: "Bonjour tristesse!" y "Una cierta sonrisa". ¡Una jovencita nuevamente! describe un mundo privado de hombres. En la primera novela Cécile es la heroína que saliendo de un internado encuentra a un padre compañero de juergas y cobarde ante el encuentro con una mujer. En "Una cierta sonrisa" se muestra al hombre como alguien que ha perdido el pudor y que se pavonea como un objeto exhibiendo su torso desnudo en la Promenade des Anglais.
¿Podríamos agregar a este par un tercer caso propio de este milenio?
Quizás otra hija de la ficción, que surgió de la pluma de un periodista de investigación, puede darnos alguna pista. Es Lisbeth Salander. Ella es el desecho del mundo nuevo que inaugurara Françoise Sagan. No es una hija de la burguesía industrial de comienzos del siglo XX, tampoco la hija de un publicista de los años 50, dandy y playboy que conduce un descapotable.
Es la hija de una mujer maltratada por un mafioso protegido por el Estado.
Explusada del sistema y recluida en un psiquiátrico es víctima de abusos y de la más feroz forma de evaluación: la que aliena para dar cobertura a la corrupción del sistema. Es joven, tiene 24 años aunque aparenta 14 y decide arreglárselas sola porque no confía en casi nadie. Es un personaje muy cercano al comic y su vida es relatada como una serie de viñetas. Es delgada, tatuada, come pizzas congeladas y compra sus muebles en Ikea. Casi no habla. Tiene relaciones sexuales con quien le place, hombre o mujer, y lleva su propia estadística: 50 rollos en 5 años le parece razonable. Es un personaje descabellado: el sujeto free-lance, la hacker que ha perdido el respeto a la ley y navega por circuitos alternativos investigando las verdades más oscuras...es, sin embargo, "no del todo descreída" y aún sabiendo perfectamente lo que valen los semblantes se enamora de Mikael, el super-periodista que domina el lenguaje, el que posee las palabras.
¿Responderá él?
Parece más bien uno que está dispuesto a ser conquistado, es un servidor de las mujeres, se presta a ser un falo para todo uso. Pero, ante el llamado al encuentro no entiende más que de amistad y es eso lo que ofrece.
Amistad, ¡qué peligro para el erotismo!




Manuel Fernández Blanco. Psicoanalista

“Notas para una teoría lacaniana sobre la violencia sexual y el feminicidio”


En general, la macabra estadística de mujeres asesinadas cada año en España por sus parejas o ex parejas muestra una tendencia al alza. El pasado año 2010 fueron 85. El feminicidio es la expresión mayor de un fenómeno de violencia que hace que se presenten alrededor de 150.000 denuncias por malos tratos cada año y se concedan en torno a 15.000 órdenes de protección (casi un tercio de estas mujeres, con órdenes de protección, mantenían una relación afectiva con sus maltratadores). Un tercio de las mujeres maltratadas ya lo habían sido con anterioridad.
En los casos de violencia doméstica la orden de alejamiento del agresor es obligatoria por ley. Se constata a menudo el rechazo de esta medida de protección por parte de muchas mujeres que deciden reanudar los contactos o la convivencia con el agresor. Cuando se habla de la dificultad de salir de una relación de maltrato, la interpretación más desafortunada es la que alude a un posible masoquismo por parte de estas mujeres. El pretendido masoquismo femenino es una fantasía sexual masculina, como ilustró Freud en su artículo de 1924 sobre El problema económico del masoquismo 1.
Para explicar la violencia contra las mujeres, se ha instalado una fórmula oficial, única e incuestionable. Es la que atribuye exclusivamente al machismo del hombre la causa del fenómeno. La respuesta estereotipada al incremento de este fenómeno de violencia, son las campañas de denuncia y de tolerancia cero, así como las políticas de educación para la igualdad. A más violencia, más campañas, pero el fenómeno persiste y se incrementa. Ante la ausencia de explicación, se recurre a la exposición estadística que ni tan siquiera se sabe leer bien. Digo esto porque en Europa, entre los países con mayor tasa de feminicidios, se encuentran algunos de los países nórdicos en los que las políticas de igualdad están más desarrolladas. Algunos de esos países duplican o triplican los porcentajes de feminicidio en España. Finlandia es un ejemplo. Estos datos nos llaman a huir de explicaciones simples. Igualmente vemos cómo el incremento de las medidas policiales, judiciales y sociales, así como las campañas de prevención, no han permitido reducir esta epidemia social. No parecen cernir lo real en juego.

No es un goce masoquista el que impide alejarse del maltrato a muchas mujeres. Si hay una demanda de amor inconsciente, dirigida a ese hombre, la separación es imposible y la ley inoperante. El amor decepcionado, cuyas raíces se hunden en la historia infantil del sujeto, hace que se insista en pedir lo que nunca se obtiene. Así, esperando una respuesta diferente, se repite siempre lo mismo.
Por otra parte, el discurso actual, organizado por los ideales de igualdad, produce efectos en la relación entre lo sexos. Cuando la mujer ya no es el objeto, el hombre no tiene el auxilio de la potencia que le garantizaba la posición femenina en el fantasma. Si la mujer no es objeto, es sujeto, y el encuentro entre los sexos basado en que la mujer se preste a la perversión polimorfa del macho se torna problemático. La mujer sujeto suscita en muchos hombres la inhibición, la infantilización, o el odio.

La posición de igualdad imaginaria aboca a una tensión agresiva. Sustrayéndose de hacer semblante de objeto muchas mujeres actuales se quejan de que no quedan hombres. Del lado masculino, el efecto de retorno es la demanda desesperada por parte de algunos hombres para que la mujer les confiese el secreto de su goce.

Esto aboca, más allá del malentendido, a la violencia. Como nos recuerda Lacan en el Seminario VIII, en ocasiones lo sexual solo puede reintroducirse de modo violento 2. Son hombres que interrogan violentamente a la mujer para que les revele el ser de goce que esconden en su vientre. Para que les confiesen su goce enigmático. Confesión que nunca será suficiente. Lacan nos dice que “Esto se desarrolla a lo largo de la línea […] propiamente sadiana, por la que el objeto es interrogado hasta las profundidades de su ser, solicitado para que se muestre en lo que tiene de más oculto […] ¿Hasta dónde puede soportar el objeto la pregunta? Quizás hasta el punto en el que se revela la última falta en ser, hasta el punto en el que la pregunta se confunde con la destrucción misma del objeto” 3. A la destrucción del objeto sigue, con frecuencia, el suicidio del hombre que, eliminado el objeto, ya no puede sostenerse un minuto más en la existencia porque “Funda todo este fantasma sobre la base de su propia eliminación” 4. Sobre la eliminación de su ser excremental.

Vemos como Lacan nos da las claves, ya en 1961 (hace 50 años), que nos permiten entender, más allá de la explicación basada exclusivamente en el machismo del hombre, la violencia contra la mujer y el feminicidio.

Frente a lo pulsional imposible de educar, no sirven los programas y protocolos generales de tratamiento que no toman en cuenta que detrás de cada mujer maltratada hay una historia, al igual que detrás de cada hombre maltratador. Las respuestas estandarizadas, el pensamiento único sobre la violencia sexual, son una forma se servidumbre voluntaria que condena al sujeto a la cronificación porque, sin abordar la particularidad de cada historia de maltrato, no es posible salir de la repetición.
Referencias Bibliográficas:
1. S. Freud, “El problema económico del masoquismo”, en Obras Completas (9 tomos). Madrid, Biblioteca Nueva, 1.972.Tomo VII, p. 2753.
  1. J. Lacan, El Seminario, libro 8, La Transferencia. Buenos Aires, Paidós, 2003, p. 236.
  2. Ibid, p. 433.
  3. Ibid, p. 237.
[1]Véase: Hardt, M. “Trabajo afectivo” en, http://www.vinculo-a.net/texto_hardt.html y Hardt, M. y Negri, T., Imperio, (en especial el capítulo 3.4), Barcelona, Paidos, 2005.
[2] Butler, J., Mecanismos psícicos del poder, Madrid, Cátedra, 2010, p. 102.

[4] Véase: Negri, T. y Lazzaratto, M., “Trabajo inmaterial y subjetividad” en, http://www.brumaria.net/textos/Brumaria7/03mauriziolazzarato.htm y Lazzarato, M., Por una política menor. Acontecimiento y política en las sociedades de control, Madrid, Traficantes, 2008.






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