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viernes, 16 de marzo de 2012

La ciencia o la necesidad de la infancia - Javier Peteiro Cartelle


Lecturas Críticas. Hacia el Foro III.

Iniciamos la serie de textos de Las Lecturas Críticas, con un trabajo de Javier Peteiro que nos habla de la curiosidad, el deseo poético, el descubrimiento cómo lo ajeno a la erudición, la intuición, la creación desde la ignorancia y el juego, las preguntas sobre lo esencial, la ausencia de proyectos, la mirada infantil, la belleza de la verdad de la teoría construida, todo en oposición a la asfixia, lo técnico, la educación inhumana, la ciencia infantiloide tomada en serio, concluyendo el autor que sólo desde la perspectiva de la infancia es posible la Ciencia.
Le recomiendo que lean cariñosamente este texto y relean a Freud en sus textos  " Sobre las teorías sexuales infantiles" (1908), "Análisis de la fobia de un niño de cinco años" (1909) y " La investigación sexual infantil" (1910), para encontrar su propuesta de la PULSIÓN DE SABER, inseparable de la CUSIOSIDAD SEXUAL.
Y retomando las palabras de Javier Peteiro cómo de deseo poético se trata, les dejo con una poesía de Antonio Machado, poeta Sevillano que nos devuelve a la infancia, espero les anime a participar en este Foro III.
 
Carmen Campos
 
Era un niño que soñaba
un caballo de cartón.
Abrió los ojos el niño
y el caballito no vió.

Con un caballito blanco
el niño volvió a soñar;
y por la crin lo cogía...
¡Ahora no te escaparás!

Apenas lo hubo cogido
el niño se despertó.
Tenía el puño cerrado.
¡El caballito voló!

Quedándose el niño muy serio
pensando que no es verdad
un caballito soñado.
Y ya no volvió a soñar.

Pero el niño se hizo mozo
y el mozo tuvo un amor,
y su amada le decía:
¿ Tú eres de verdad o no?

Y cuando el mozo se hizo viejo
pensaba: todo es soñar,
y el caballito soñado
y el caballito de verdad.

Y cuando le vino la muerte,
el viejo a su corazón
preguntaba: ¿ Tú eres sueño?
¡ Quién sabe si despertó!

La ciencia o la necesidad de la infancia
Javier Peteiro Cartelle
     
    La infancia es, en condiciones normales, un tiempo de juego y de curiosidad. El mundo se abre progresivamente y todo él merece ser chupado, observado, cuestionado. Surgen preguntas espontáneas que abarcan desde los poderes de un héroe hasta el origen de la vida humana (las cigüeñas fueron aliadas de padres asustados ante la cuestión esencial). En el niño lo mítico es real y, si fuera imaginable que a escala humana la biografía recapitula la historia, participar en lo infantil supondría retornar al mundo en que los dioses aun vivían sobre la tierra, satisfaciendo el deseo poético.
    Dejar la infancia no significa necesariamente madurar. El transcurso del tiempo no se relaciona linealmente con el acontecer biográfico y es necesario acudir a lo bueno de los orígenes. La pregunta de Nicodemo a Jesús "¿Como puede uno nacer siendo ya viejo?” es paradójicamente infantiloide, porque sí es necesario renacer.
    Hay quien al ver una obra de arte abstracto manifiesta que la podría pintar su nieto, sin darse cuenta de que precisamente eso es lo que puede conferir todo el valor estético a la pintura contemplada.
    Algo parecido ocurre en la investigación científica. El descubrimiento es ajeno a la erudición. Los grandes matemáticos y físicos muestran su genialidad siendo muy jóvenes. Einstein tuvo su annus mirabilis a la edad de 26, desarrollando la teoría de la relatividad a partir de una intuición de adolescente.
    La Filosofía y la Ciencia comparten el afán epistémico, pero su método es diferente. La erudición en vastos campos del saber favorece la  construcción filosófica sistemática. Para un científico es mejor no saber casi nada y crear desde esa ignorancia. Los ejemplos abundan. La Biología Molecular se desarrolló inicialmente por parte de físicos. La computación con moléculas de ADN se le ocurrió a Adleman tras oír hablar por primera vez de esa molécula. Hay quien construye origamis con ADN porque sí, por jugar, aunque después resulte que tengan aplicación práctica. La gran ciencia surge del juego y de la curiosidad. Siendo actividad lúdica, supone la permanencia de lo mejor de la infancia, su creatividad y su sed de exploración de preguntas sobre lo esencial.
    La investigación científica realmente válida supone ausencia de proyecto (decía Kornberg que el mejor proyecto era no tenerlo), puro juego de materias y lenguajes para satisfacción de una mirada infantil omnipotente que se extasía ante lo bello a tal punto que es esa belleza la que frecuentemente sugiere la verdad de la teoría construida, como afirmaba Dirac.
    Es triste ver cómo la infancia se sofoca mediante la imposición de currícula escolares y extraescolares sobrecargados que cercenan lo lúdico y lo mágico. Es triste ver la asfixia del mito vivificante en aras de lo técnico. Esa educación inhumana creada por “expertos” y deseada por muchos padres conduce a lo peor. En ausencia del mito y del juego, sin héroes, la ciencia es tomada en serio y pasa a profesionalizarse, a industrializarse, a servir al comercio. Nadie que no se haya preguntado lo importante en su infancia podrá hacerlo nunca por mucha historia de la filosofía que estudie; sólo mostrará erudición inútil. Pero abundan los profesionales del saber, quienes, despreciando la narración heroica y considerando que la ciencia debe ser seria, hacen de ella un mito descafeinado deificándola, convirtiéndola en la única posibilidad de salvación y amaestrando a la juventud hacia la peor distopía, la cientificista. 
    Cuando uno no cree en Dios (y quién sabe qué quiere decir esa palabra) cree en cualquier cosa, decía Chesterton. Cuando se abandona la riqueza mítica y se ignora el método científico se sucumbe fácilmente al atractivo de lo paranormal, de lo New Age o del higienismo, tantas veces preludio de la dictadura.
    Sólo desde una perspectiva infantil es posible la Ciencia, del mismo modo que sólo desde la infantilización subyacente a tantas seriedades se la adora o se la confunde con ídolos miserables.

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