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martes, 22 de noviembre de 2011

MESA 9: El futuro ya está aquí.

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II FORO: LO QUE LA EVALUACIÓN SILENCIA
 "Las Servidumbres Voluntarias"


MESA 9: El futuro ya está aquí. Coordina Rosa María Calvet

Ofréceme tu mano, pena mía, ven aquí
Laura Suárez
Etiénne de la Boétie y el enigma de las servidumbres voluntarias
Sonia Arribas
Criterios de evaluación: identidad y estructura social
Miguel Nieto
La revuelta de la subjetividad
Graciela Atencio
La gestión como proceso de intimidación (sin texto)
Juan Irigoyen
Insomnio
Anna Aromí




Laura Suárez González de Araújo. Licenciada en Políticas. Doctoranda en Filosofía y Psicoanálisis por la Universidad Complutense de Madrid
Ofréceme tu mano, pena mía, ven aquí


mientras que la gran masa de los viles mortales
del Placer bajo el látigo, ese verdugo impávido,
cosecha sinsabores en la fiesta servil,
Ofréceme tu mano, Pena mía, ven aquí.
“Recogimiento”
El título de mi intervención corresponde a un verso de Baudelaire tomado de su poema “Recogimiento,” publicado en Las Flores del Mal. Hubo algo de contingente y algo de necesario en su elección para esta Jornada. Lo contingente vino del hecho de un casual reencuentro con el libro del poeta francés, en uno de esos momentos en los que una decide quitarle un poco el polvo a su biblioteca (situaciones que más allá del engorro de la limpieza, contienen la emoción propia del que espera toparse con un viejo amigo al que se había perdido de vista). Lo necesario supuso la tremenda justicia que esas palabras me demostraron desde algo así como lo ineludible de su enunciación, una enunciación que era la mía propia y que buscaba la manera de articularse.
Con el “ofréceme tu mano, Pena mía, ven aquí”, podría parecer que lo que pretendo es un ensalzamiento de la pena o del dolor (en el francés original Baudelaire escribe Douleur). No es exactamente eso, sino más bien una suerte de “dignificación del penar” singular frente a la exaltación contemporánea del placer y del goce general de la que Lacan supo entrever sus engañifas más camufladas. Más concretamente, esta dignificación apunta a instalarse en lo concreto de lo que me pasa a mí, a un sujeto que siguiendo la tendencia general de la evaluación, es asignado a una serie de “rúbricas etiquetantes” que lo identifican como “joven” o “universitaria”. Es en este primer registro de la asignación que me toca, en el que me gustaría centrar algunos de los comentarios que he preparado para esta ocasión.
En el texto de presentación de este foro, se subrayaba como uno de los mecanismos evaluadores que atraviesan a los individuos, su permanente comparación con el grupo de referencia. Permítanme nombrar al grupo de referencia como “grupo de asignación”. Prefiero esta denominación porque muchas veces la comparación y el etiquetado a los que nos vemos sometidos por la lógica de la evaluación, no implica referencia alguna, es decir, no conlleva necesariamente una relación, en el sentido profundo del término, sino más bien una asignación, una atribución de una especie de “lote” de marcas que especifican al sujeto desparticularizándolo. Además, la asignación contiene algo de la imposición, de lo no decidido por el sujeto de la asignación, que precisamente se encuentra prisionero en ella (un poco al modo de la Moira griega, del “lote” que te tocaba como destino, sólo que en nuestro caso el “control de la vida” no viene ejercido por el capricho de unas veleidades mitológicas, sino por el desvarío ejecutado por el discurso evaluador). Respecto de la juventud, registro de la asignación del que brevemente voy a tratar, existe también un discurso evaluador que despliega sus lotes hasta imponer una exigencia de homogeneidad de sentido a los sujetos allí “asignados”. Tal exigencia de sentido homogéneo corrobora y refuerza el requerimiento contemporáneo del placer y la felicidad, pues éstos se presentan como los atributos por excelencia del sujeto precintado como joven. “Eres joven, tienes que salir y divertirte”. “Soy joven, tengo que salir y divertirme”. “Eres joven, goza”.“Soy joven, tengo que gozar”.
Sabemos que la lógica evaluadora contemporánea y el discurso del amo que la sostiene, ha dejado atrás su rostro feroz y terrible para acuñar una nueva mascarada más refinada, teñida de amabilidad y de sonrisa, y que tal torsión en los mecanismos de dominación externos ha venido acompañada por una flexión paralela de su aliado inconsciente, el superyó, volcado ahora en la imposición de goce. Pues bien, toda esta lógica de dicha impostada y apretada por la tenaza superyoica, parece extremarse para el sujeto “joven”, pues además de ofrecerse como connatural a su condición de tal, viene acompañada de una doble particularidad (que si bien no le es exclusiva, se presenta en él más acuciante): su decir y su exhibición. No sólo la obligación pasa por el hecho de salir, de divertirse o de gozar, sino que además reconoce la necesidad de decir el salir, decir el divertirse y decir el placer, y de esta manera, exhibirlo, ostentarlo y gritarlo, como si a falta de ello, pudiera escurrirse, perderse, o develarse como falso. Como si a falta de ello, el sujeto corriera el riesgo de quedar arrojado al abandono.
El acatamiento del sujeto a semejantes prácticas de asignación traduce una de las estrategias de lo que la evaluación silencia: su devenir auto-asignación. De la misma manera en la que la represión exterior se torna auto-represión inconsciente, la asignación externa evoluciona hasta la auto-asignación, y el control evaluador relativo al cumplimiento de los mandatos de placer y disfrute que “te tocan”, pasa a ser ejercido por el propio sujeto, hacia sí mismo y hacia “los de su condición”. Y es que en este caso, el control implica a su vez comparación, medida y ajuste con lo que hacen y dicen los otros, tus semejantes en el lote, tus compañeros de exhibición. Ciertamente el exhibir implica ya la presencia de alguien más allá de mi, de un alguien que además de poder participar desde sí en la exhibición, pueda dar cuenta de la mía. Y viceversa. Igual que la felicidad y el placer se postulan con un sentido unívoco y unilateral, su decir y su exhibición deben presentar las mismas condiciones. Puede resultar muy incómodo estar en una fiesta y ver que tus amigos están disfrutando como enanos y que tú no “das la talla” con tu disfrute, y al revés, puede resultar molesto salir de juerga y ver que algunos de tus amigos están apalancados hablando en una esquina. O peor aún, es casi inaceptable que alguien desestime una salida nocturna llena de promesas de exceso y diversión, por quedarse en casa solo con sus carencias. Con ello me parece que cuando la mímesis de asignación falla, o se desencaja, se produce algo de la turbulencia, y con ella, muchas veces, de la falta. El sujeto joven, auto-asignado a la lógica del exceso exhibido de satisfacción (de diversión, de alcohol, de drogas, de sexo), exige al otro y a sí mismo (es una exigencia circular) un “no estar en falta”, donde falta significa tanto infracción como ausencia en el registro de asignación colectiva. La infracción viene dada a su vez por otro tipo de falta, aquella que delata el abismo incolmable (e incalmable) de cada uno y que a toda costa hay que recubrir, que anestesiar, por uno mismo y por los otros, no se vaya a producir un contagio desencadenado de jóvenes “abismados”. La ausencia significa sencillamente no estar, no participar de la puesta en común del lote.
En fin, todo esto quedaría sin importancia si no fuera porque la “falta” pesa, impone un pesar muchas veces demasiado pesado para sostenerlo, y que hace que prefiramos reincorporarnos a la asignación del placer, aunque sea a contrapelo. La lógica de la asignación devenida auto-asignación debe pensarse entonces como una de las formas de la servidumbre voluntaria, expresión muy poco estimada por el sujeto del que estamos hablando y en el que yo misma quedo designada: joven. Frente a ello, frente a la lógica exhibicionista del placer adaptado, quisiera defender aquí la dignidad del recogimiento y de la pena para el sujeto joven (algo de lo que sin duda los psicoanalistas saben un rato). Y no hablo de recogimiento en el sentido del “estar a solas con el plus-de-goce”, (que no deja de ser una manera autista de quedarse en la autoasignación), sino en el sentido de un apartamiento temporal del lote y de sus sinsabores, de un reencontrarse con lo particular del penar que reposa bajo el artificio del goce, y que como tal, contiene todo lo fugitivo y lo profundo de la singularidad de cada uno.


Sonia Arribas. Investigadora ICREA. Prof. de la Universitat Pompeu Fabra
Étienne de la Boétie y el enigma de la servidumbre voluntaria

En el ensayo “De la amistad”, Montaigne evoca tristemente la prematura muerte de Étienne de la Boétie, y cómo su escrito “La servidumbre voluntaria”, un texto “jugoso y grato”, cayó en sus manos antes de haber conocido al autor. Fue el inicio de una amistad “entera y perfecta”, aunque breve. Su amigo, de carácter tranquilo y con aversión para con cualquier tipo de conmoción, tenía una máxima grabada en su corazón: ser buen ciudadano, obedecer y someterse religiosamente a las leyes bajo las cuales había nacido.
Montaigne y La Boétie compartieron un rasgo de carácter que seguramente selló su amistad: en sus escritos condenaron con fiereza las costumbres de sus conciudadanos, y en la vida pública mantuvieron un semblante de adhesión a esas costumbres que tan duramente criticaban con la pluma. Algo evidente en La Boétie, quien sólo quiso hacer circular el manuscrito de “La servidumbre voluntaria” entre allegados. Montaigne, por su parte, escribió en sus Ensayos que el sabio se retira de la multitud para juzgar las cosas con distancia, acatando en la vida pública las modas aceptadas.  
El texto de La Boétie es conocido sobre todo por su estilo vibrante y por la oda a la libertad y el rechazo a la autoridad que lo iluminan. ¿Cómo es posible –se pregunta- que si los hombres son por naturaleza libres y esencialmente iguales, luego en sociedad, convertidos en conciudadanos, no sólo permitan la tiranía, sino que día a día promuevan su propia sujeción?
De la Boétie escribe con perplejidad, a sabiendas de que esta pregunta es la más enigmática y seria con la que deba uno confrontarse. Y responde que la servidumbre voluntaria no es algo natural; resulta del efecto de la costumbre y los hábitos.
Los análisis de La Servidumbre Voluntaria podrían llevarse, salvando la distancia histórica, uno por uno a nuestro tiempo. Aparte de diseccionar entre distintos tipos de tiranos (los elegidos, los que usan la fuerza, y los que lo son por herencia dinástica), de la Boétie cataloga los símbolos y ornamentos, así como los usos del espectáculo y el entretenimiento, de los que se sirven los que ejercen la dominación para someter a los de abajo. Con estas distracciones los oprimidos se creen felizmente parte del mismo mundo que sus dominadores, inconscientes de que así simplemente les es devuelto, vía espectáculo, una ínfima parte de lo que les han quitado por otra parte.
Pero lo que me ha resultado más interesante del texto es lo que de la Boétie define como lo más secreto. La dominación se ejerce gracias a un entramado muy complejo de relaciones sociales. El tirano tiene un círculo de íntimos en su entorno que están conectados a su vez con otros que se mueven en varios círculos e instituciones más amplios, habiendo entre todos ellos relaciones de favor: lo que hoy llamaríamos “networking”, contactos. De las altas esferas, hasta abajo.
De un modo subterráneo, imperceptible para el que lo mira desde fuera, a modo de sectas, complicidades entrecruzadas y corrupciones a pequeña escala, los lobbies interactúan y se mueven en círculos de poder por el que cada uno de sus miembros cede algo a cambio de recibir otra cosa. Uno se deja dominar y sufre, a cambio de dominar a otros cuantos, en revancha. O acepta ser humillado cruelmente con la esperanza de poder humillar a otros algún día. O se sacrifica de un modo vil con la vista puesta en sacar beneficio de otros que también se sacrificarán. Es así, en este juego de alianzas, influencias y estrategias, coloreadas todas por el sometimiento y la dominación, por sujetos que se dividen hacia arriba y hacia abajo, que se sostiene y reproduce la maquinaria social de las servidumbres voluntarias. Unos obtendrán mayor beneficio que otros, unos estarán más expuestos al castigo que otros, unos se enriquecerán más que otros, unos serán más corruptos que otros, pero todos pasan por el tamiz de una servidumbre voluntaria querida y aceptada.
La servidumbre voluntaria se explica, pues, socialmente. A ojos de la Boétie -el gran defensor de la libertad- la dominación y el poder se ejercen en multitud de círculos sectarios de pequeñas influencias, obediencias y servilismos. Una crítica a esta servidumbre voluntaria no puede más que desnaturalizarla, es decir, describirla en detalle, apuntando a la implicación subjetiva y la docilidad del que forma parte en ella por medio de la costumbre.
De la Boétie desnaturalizó radicalmente la servidumbre voluntaria dejándose someter en silencio y en la práctica a las leyes y costumbres del país donde habitó (Francia), apoyando al rey como Montaigne, y viviendo por consiguiente -aunque por poco tiempo, pues murió muy joven, a los 33 años- en una de estas redes de poder y servilismo que con tanta crudeza describió. Fue su único escrito de filosofía política.
Se imaginó a sí mismo fuera de este sometimiento, realizando el ser esencial y la inteligencia superior del ser humano, nostálgicamente añorando un pasado (la república platónica y especialmente la antigua Roma) que sirviera como modelo con el que medir el presente. Su sueño colectivo, su ideal, fue el de una humanidad que conversara sin coerciones y se comunicase abiertamente sus pensamientos y voluntades. Un mundo en el que los privilegiados ayudaran a los menos afortunados como si fueran compañeros de una asociación libre, y en el que se educara a los niños en libertad.


Miguel Nieto. Licenciado en Sociología  
Criterios de evaluación: Educación, identidades evaluadas.

Mí interés personal para pensar y tratar de comprender la evaluación moderna parte, en primer lugar, de mi experiencia como estudiante. Para mí ser evaluado siempre ha conllevado tensión, temor, agobio, bloqueo, sentimiento de culpabilidad por no haber estudiado suficiente, etcétera. Algo que es compartido por muchas personas. Sin embargo, los resultados de la evaluación son consentidos cuando tienen apariencia de un resultado satisfactorio y es por lo que llegamos a decir que todo ese sacrificio ha merecido la pena.
La evaluación que otra persona hace de uno te coloca en la posición de compararte contigo mismo, que no es otra cosa que compararte con el resultado de dicho procedimiento. Nos debemos preguntar si ese resultado nos puede representar. La evaluación provoca una situación de continua especulación con nuestra propia persona.
También nos comparamos con los demás. La homogenización a través de una misma prueba en la que ocupamos distintas posiciones en una escala de valor como resultado lo hace posible. Sin embargo, realmente nos estamos comparando con nosotros mismos, el “otro” es un “otro yo”, un “alter ego”, un espejo en el cual nos reflejamos. Porque acaba con la pluralidad y nos hace a todos equivalentes, por tanto intercambiables.
Mi experiencia siempre me ha manifestado la arbitrariedad de todas esas evaluaciones. No entender, por ejemplo, cómo es posible haber pasado por la educación primaria, secundaria y universitaria con una sensación de haber aprendido bien poco, en muchos casos nada, en cambio, haber sido acreditado con todos esos títulos que supuestamente garantizan mi aprendizaje y dicen quién soy.
También, como manifestación de esta arbitrariedad, está la experiencia de compañeros que a lo largo de su trayectoria educativa eran calificados como incompetentes, por tanto alejados, o en el mejor de los casos prorrogados, de los privilegios a los que se accede a través de los certificados y las titulaciones académicas. Paradójicamente, la experiencia de muchos de ellos demuestra que no eran incapaces, llegando a desempeñar todo tipo de profesiones. Esta situación pone claramente de manifiesto que no podemos hablar de una conexión causal entre éxito académico y capacitación profesional.
Desafortunadamente, también existe la experiencia de otros que se creyeron e identificaron con aquella evaluación que les era impuesta desde fuera y quedaban estigmatizados con una marca de la cual es muy difícil desprenderse a lo largo de la vida y del desempeño de cualquier actividad con una sensación de impotencia continua, de no alcanzar como personas.
Trato de dar cuenta de la arbitrariedad o más bien de la imposibilidad, de una valoración objetiva e imparcial bajo unas prescripciones legales y una concepción ilustrada de la educación. Bajo unos criterios de evaluación que no producen otra cosa que identificaciones, como si de una rueda de reconocimiento se tratará.
En mi propia experiencia de investigación sobre la evaluación más que innovar, he procurado plantear el eterno desencuentro entre la ley educativa en materia de evaluación y la vivencia de los centros escolares.
Empiezo por lo diferente que es percibido el hecho de la evaluación, dependiendo de tu papel como estudiante o profesor. Mi propio cambio durante las prácticas como profesor en un Instituto de Educación Secundaria y Bachillerato y,  pasar de ser evaluado a ser evaluador, me ha llevado a hacer la reflexión, de cómo es posible que ante un mismo hecho existan interpretaciones tan distintas y excluyentes. Según lo entiendo, esto solo puede significar que juzgamos dependiendo de como nos vaya, o dicho más filosóficamente dependiendo de los estados del alma. Es decir, que la evaluación será vista como algo positivo o negativo en función de si me beneficia o me perjudica. Esto puede ser análogo a la concepción que tenemos del gobierno y de la ley. Sin embargo, pensando de esta manera, no damos cuenta de qué es en realidad la evaluación, el gobierno o la ley.
Por todo esto, no me he embarcado en la discusión por un lado entre fórmulas de evaluación tradicionales/autoritarias, caracterizadas por métodos técnicos de medición, que sirven para seleccionar y clasificar, como control y regulación; y por el otro lado formulas más modernas que promueven modelos más democráticos y participativos, que se representan con una intención formativa y orientadora de la enseñanza y el aprendizaje. Esto es porque entiendo que, se las adjetive como se las adjetive, siempre conllevan una función categorizadora, discriminatoria y de administración del privilegio, algo que nunca está en cuestión. Ambas posturas asumen el “deber ser” de la ley, el ideal de ciudadano que la educación ha de conseguir de sus estudiantes. La elección de los medios para la evaluación está determinada, por el fin o resultado reflejado en la ley. Casi parece, que estuviéramos hablando de la fabricación ciudadanos, del soberano moderno a manos de las instrucciones de la ley.
Se produce la paradoja entre si es el profesor el que evalúa o es la ley. Lo mismo ocurre en el ámbito jurídico, en el cual los jueces dicen acatar y hacer cumplir la ley, pero a su vez son ellos siempre los que la interpretan.
Como decía anteriormente, es imposible una evaluación o un juicio imparcial y objetivo cuando se es juez y parte al mismo tiempo. Por ello se introducen los criterios de evaluación y la ley, y son presentados como necesarios, como justificación de una objetividad, como garantía de una justicia por adelantado, produciendo la imposibilidad de distinguir entre medios y fines, entre evaluación y educación. Diríamos entonces que la evaluación y la ley educan.
La escuela es uno de los primeros lugares donde aprendemos a obedecer, donde se aprenden las reglas que tratan de garantizar la convivencia, donde se aprende a servir de forma voluntaria, donde aprendemos a consentir.
¿Cómo es posible que digamos voluntaria? Es difícil que la evaluación y sus elementos coercitivos no se comprendan como una imposición externa, ante la fragilidad y la inocencia de unos escolares, que son maleados desde muy temprana edad a imagen y semejanza de unos valores educativos y sociales instaurados desde ley,  sobre los cuales tienen muy poco o nada, que decir o hacer.
Se puede hablar de voluntaria en cuanto que nace de un engaño que es creído por los beneficios que aporta. La consideración tradicional de la evaluación como premio y como castigo, es insoportable, y necesita ser transformada en la obtención de méritos,  sin los cuales la voluntad no consentiría. El autoengaño consiste en hacer creer que todos comulgamos con esas regla, por lo que si lo hacemos todos, se acaba convirtiendo la mentira en verdad. Se participa de asumir el premio y el castigo en forma de credenciales, como algo útil, como lo que nos proporciona las habilidades para la vida en sociedad, como sucedáneo de la libertad. La superación de pruebas y la acumulación de conocimiento, como ritual, nos hace libres. Se identifican en este momento utilidad y justicia, dándose prioridad a la utilidad, y no a lo que de útil puede tener la justicia, que sería más apropiado.
Esta circunstancia solo ha podido generarse como un problema occidental y moderno, como decía Albert Camus, en su texto “El hombre rebelde”. Es a partir de la Ilustración y el inicio de la sociedad gobernada por el conocimiento y la educación que se establece la sistematicidad de la administración del privilegio. Aparece la figura del experto, como productor de verdad, por tanto de gobierno. ¿O cómo no consentir y seguir las indicaciones del médico cuando te pone ante la vida y la muerte? ¿O cómo no consentir con los juicios valorativos del profesor que nos pone constantemente entre el éxito y el fracaso a sus alumnos? ¿Qué posibilidad de libertad y de elección hay ante tales constricciones?
Hemos interiorizado y admitido la mentira de someternos a la ley, como un menor mal, con el fin de evitar el mal radical, pero se ha establecido el mal como sistemático, como necesario, para justificar todo tipo de imposiciones.
En el plano educativo y político, consentimos, obedecemos, como forma de mandar en algún momento, por la adquisición de méritos que nos aporten crédito social, que nos saque de la situación de desventaja, para transformarlas en ventajas. Es la constante carrera especulativa con uno mismo de no ser excluido, de aspirar a estar dentro y ser reconocido.
De ahí que se entienda la sumisión a la evaluación como un mal necesario, pensamos que por cómo hemos definido nuestra naturaleza, como salvajes que necesitan ser educados y evaluados, lo poco que de educación podría haber queda en manos de la necesidad de un juez, de un tercero, el de la ley, como domesticación.

‘…el instinto de sumisión, ardiente deseo de obedecer y de ser dominado por un hombre fuerte es por lo menos tan prominente en la psicología humana como el deseo de poder y, políticamente, resulta quizá más relevante. El antiguo adagio “Cuán apto es para mandar quien puede también obedecer”, (…)  puede denotar una verdad psicológica: la de que la voluntad de poder y la voluntad de sumisión se hallan interconectadas. La” pronta sumisión a la tiranía”, (…) no está en manera alguna siempre causada por una “extrema pasividad”. Recíprocamente, una fuerte aversión a obedecer viene acompañada por una aversión igualmente fuerte a dominar y mandar’. Hannah Arendt, “Sobre la Violencia”.



Graciela Atencio. Periodista
La revuelta de la subjetividad

No tardaron en encontrarse. Reclamaban algo más que “democracia real ya”, una revolución ética y dejar de ser considerados mercancías en lugar de ciudadanos. La noche del domingo 15 de mayo acamparon en el kilómetro cero de Madrid alrededor de 50 personas, la mayoría jóvenes. El lunes 16 eran más de 150. Varios de ellos me dijeron: “Estar aquí consiste en mantenerte despierto, no quedarte quieto”. La policía desalojó la plaza a las cinco y media de la mañana del martes. Ninguno de los grandes medios de comunicación respondió a los llamados de alerta por parte de quienes estábamos allí. Un chico comentó: “hoy van a venir miles, estamos en las redes sociales y de ahí no nos van a poder echar”.
Desde la primera noche vislumbré una conexión emocional e inconsciente en el grupo, como si cada quien se hubiera convocado a sí mismo para asistir a un despertar colectivo y estuviera dispuesto a convivir en una nueva fraternidad. Sin banderas, sin fronteras, sin partidos políticos, sin dinero, sin líderes, sin violencia. La desobediencia civil moduló el clima festivo con un “no nos vamos”  y un “no les votes” coral, apuntalado por aquel emblema de Kate Millett, “lo personal es político”. La revolución, al menos ésta, es de adentro hacia afuera y exige lo que apareció en su máxima expresión durante estas semanas, la revuelta de la subjetividad.
De repente cobró protagonismo el lenguaje. Fluyó un murmullo trepidante, afectuoso, alegre. La plaza se colmó de una rara algarabía el martes 18 que duró al menos hasta el domingo de las elecciones. Más de 100 mil personas peregrinaron por Sol-ución, las asambleas fueron también confesionarios públicos, grupos de autoayuda, muchos cambiaban su mundo un ratito. La democracia se volvió participativa, la cooperación un estímulo, la solidaridad, una caricia, la creatividad un goce.
Las redes sociales inspiraron a más de 600 acampadas en el resto del planeta. Originales y espontáneas formas de movilización nacen en el mundo virtual, horizontales, sin derecho de propiedad ni de autor. La plaza global virtual presenta a la democracia 2.0 y como bien señala Manuel Castells, la autocomunicación de masas se constituye como un auténtico contrapoder.
La evaluación no puede medir las dimensiones del colapso, lo impensable, las nuevas preguntas, el abandono de nuestros sistemas de representación convencionales. No puede calcular lo que se propuso por consenso en una de las asambleas de la comisión de economía: “la felicidad interna bruta”. La evaluación no nos prepara para ejercer la espontaneidad ni para vivir en eso que reclama un cartel de Sol: “Queremos amorcracia”. La evaluación silencia el placer que te embriaga ante el conocimiento de ese mundo nuevo. Silencia la belleza de lo que se desvanece, el fin de una era tiene su encanto y nos duele desprendernos de aquello que nos hizo doctos dentro de una racionalidad limitada. Asistimos a un renacimiento virtual, quizá el cultivo de otro jardín ilustrado, basado antes que nada en “compartir” -un verbo básico en la biología evolutiva, como mamíferos sino compartimos nos morimos- y en la inteligencia colectiva: proyectos que antes se llevaban a cabo en cientos de años ahora se gestan en instantes más cortos. Decía Marshall McLuhan que nos podemos convertir en aquello que contemplamos. Vaya que sí.
Fuera de la plaza seguimos sosteniendo con inmoral ahínco al monstruo. Nosotros somos una parte del monstruo. Pero resulta que el monstruo tambalea.
Es cierto, se trata de un momento de perplejidad y no sabemos si va a durar. ¿Seremos capaces de tumbar al monstruo? ¿Afrontaremos las nuevas preguntas? ¿Nos entrenaremos para ser sorprendidos? ¿Ejerceremos la ciudadanía desde el cartel del “Deseo, luego existo” en la república independiente de mi subjetividad? No hay que empezar de nuevo, hay que vaciarnos por dentro, sino: ¿cómo desmantelar el consumo compulsivo y la acumulación de objetos? ¿Cómo desterrar la usura? ¿Cómo dejar de ser esclavos? Dice un gran cartel: “No somos antisistema, el sistema es anti-nosotros”. Mientras tanto suena en el imaginario una especie de mantra o salmo, un antídoto del sistema, no sale de la era de acuario sino de eso que nos trajo hasta aquí y que nos permitió construir la asamblea de la humanidad.

La pulsión de vida se asoma: cambiar ya. Lo pide otro cartel en un rincón de Sol: “Ahora es siempre todavía”. El poema de Antonio Machado sostiene una última conjetura:

Hoy he dejado de ser aquel que fui,
mañana,
mañana será otro día.

Ayer es historia, el mañana no existe, solo el hoy es eterno.


Anna Aromí. Psicoanalista. Licenciada en Filosofía y Letras (Sección Ciencias de la Educación). Docente de Sección Clínica de Barcelona ICF. (Barcelona)
Insonmio

Quiero hablarles de los indignados. Este es el nombre que los medios de comunicación han dado a los participantes en el movimiento del 15-M. Esos ciudadanos que han tenido el mérito, no menor, de devolver el uso y la memoria a las plazas de este país, recordándoles que no por casualidad nacieron ágora, foro, plaza del pueblo.
Pero no solo esto, estos ciudadanos han logrado también vivificar a esa famosa y tan maltratada “memoria histórica”, a partir de situarse en ella, en la historia. Y lo han hecho convocados por un malestar, por un imposible de soportar, que han sabido elevar a la categoría de síntoma.
 Hablando hace un momento con Amador Fernández-Sabater, decíamos que el movimiento del 15-M había tenido el efecto de una chispa que conecta. No ha sido un despertar en el sentido de que antes estuvieran dormidos, pero sí estaban desconectados y el acontecimiento ha tenido efectos de conexión.
A los indignados los medios les han dado ese nombre a partir de un libro. A ellos que, supuestamente según esos mismos medios, no leen. Me refiero al libro de Stephan Hessel “¡Indignaros!”. Se ha dicho que ese libro es un panfleto, a mí también en parte me lo parece, pero a pesar de eso –porque las cosas no son planas- creo que ha tenido la virtud de plantar un significante que ha mirado directamente a la cara de mucha gente. El “indignaros” ha funcionado como una pregunta, como una interpretación: Che vuoi?, ¿qué quieres?
Una pregunta es, sobre todo, algo que se lee. Tiene la virtud transformadora de la lectura. Y es lo que hacen ahora estos ciudadanos: leer y leerse en la actualidad de lo que pasa. Y esto, venga lo que venga después, ya ha cambiado las cosas. Lo que importa no es solo cómo se alargará el movimiento, lo que cuenta es lo que ya ha dejado: ahora se sabe que se pueden abrir puertas y ventanas en ese muro que el sistema presenta como una pantalla cerrada y eterna.
Así se ha visto que la indignación está preñada de dignidad, con ella los jóvenes se han sacudido de encima los prejuicios, las etiquetas (no se interesan, no leen, se despreocupan…). Y se ha podido ver que la dignidad y la autoestima no son para nada lo mismo.
La autoestima es la servidumbre voluntaria del yo. Es Narciso ahogándose en su estima de sí.
La autoestima es la servidumbre voluntaria del yo porque es la petrificación del deseo, que implica siempre a los otros. La autoestima es la propaganda del “ande yo caliente”, la promoción del goce masturbatorio más idiota. Este es el núcleo de la autoevaluación. Y por esto la evaluación mata. Mata lo más singular de cada uno, mata lo vivo: desde poblaciones tomadas como cobayas por la industria farmacéutica hasta la deforestación del Amazonas. Y todo esto avanzará impunemente mientras los ciudadanos duerman despiertos.
Por esto los indignados han dicho “si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir”, porque han visto que el sistema quiere que todos durmamos sin sueños.
Para terminar esta pequeña intervención quiero dedicar un recuerdo a Jorge Semprún. Quiero recordar su intervención en Buchenwald, la última vez que habló allí, en abril de 2010. Terminó enviando un saludo fraternal al chaval de 22 años que él había sido, luchando toda su vida, siempre contra viento y marea, para que no le destruyeran sus ilusiones, sus sueños.
Los psicoanalistas también tenemos nuestros sueños, como es querer llevar al psicoanálisis a las puertas del siglo XXII
Por eso hay que decir: No. ¡No a los ladrones de sueños!
 




 ¡Movilización a favor de RAFAH! ¡Liberad a RAFAH!




¡Movilización a favor de RAFAH !
¡Liberad a RAFAH ! 
Por favor, envien su nombre, profesión y organismo al que pertenecen, al siguiente blog:



OS INVITAMOS A ASISTIR A:

X JORNADAS ESCUELA LACANIANA DE PSICOANÁLISIS.

“CUERPOS ESCRITOS, CUERPOS HABLADOS”.


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MESA 8. Actualidad del autismo.

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II FORO: LO QUE LA EVALUACIÓN SILENCIA
 "Las Servidumbres Voluntarias"


MESA 8. Actualidad del autismo. Coordina Iván Ruiz

Senado y política plural ante el autismo (sin texto)
Miriam Andrés
En el principio era el verbo
Vilma Coccoz



Vilma Coccoz. Psicoanalista. Psicóloga Clínica. Docente del NUCEP (Nuevo Centro de Estudios de Psicoanalíticos) ICF (Madrid)
“En el principio era el verbo”

Sí, para cada uno de nosotros, seres hablantes, al principio de nuestros días, el verbo estaba ahí…y era del Otro. A cada uno de nosotros, seres hablantes, nos fue instilado el lenguaje, gota a gota, por nuestros próximos. Es bien sabida la importancia que tiene para nuestra subjetividad que los otros, nuestros próximos, sean reconocibles, que en aquellos que nos arrojaron al mundo podamos suponer un deseo no anónimo, un deseo de participar en nuestro comienzo que tenga nombre, y apellido.
Cada uno de nosotros atrapó, por la inmersión en las turbulentas aguas del incesante parloteo que llamamos humanidad, en el blablá propio de nuestra especie, algunas maderitas a las que asirse para no sucumbir, para mantenerse a flote en este dicharachero ambiente de deseos, sentidos, imperativos, gritos y susurros.
En cada uno de nosotros se ha reiterado el ensayo de la experiencia singular de nacer a la vida como existente, como alguien que puede decir “yo”, como alguien que puede decir.
Cada uno de nosotros proviene de las necesidades más humildes, desde el más absoluto desamparo, y va afianzándose en la vida, tratando de apropiarse del Verbo del Otro para ser, nosotros, cada uno, Verbo, y cada uno, uno. Lacan no dejaba de manifestar su asombro ante el desconocimiento manifiesto de esta realidad tan evidente. Hemos necesitado de su asombro para admitir lo que el inconsciente grita por todos nuestros poros: Al principio era el Verbo.
Freud lo había dicho a su manera: Wo es war soll ich verden: Allí donde Ello era yo debo advenir. El yo (ich) referido se traduce en francés como Je,  es el yo del decir, no la entidad imaginaria, el ilusorio “sí mismo”. ¿Cómo puedo volverme verbo? Porque de este mundo no podemos caernos[1] y, en este mundo, lo  “natural” es hablar….
El verbo es un significante no tan tonto[2], en él se conjuga el pronombre y la acción de la gramática que Freud nombró libidinal: gracias al verbo nos hacemos oír, llevamos, a ratos, la voz cantante, cuando en realidad, somos siervos de un discurso cuyo alcance ignoramos. Gracias al verbo nos hacemos ver, porque al ser vistos nuestra imagen se distingue y podemos reconocerla como propia. Gracias al verbo obtenemos, al ser escuchados y por ser vistos, una ignota satisfacción particularmente arraigada en nuestra piel que nos otorga un cuerpo y con ello, el movimiento.
En algunos de nosotros, los llamados autistas, el Verbo se congela. Ellos, los autistas, no se hacen ver ni oír. Ellos, los autistas, temen y tiemblan ante la voz y la mirada que se añade  al Verbo del Otro. Ellos, los autistas, personajes más bien verbosos, no hacen sin embargo uso del verbo para ser en el decir, para reclamar su lugar e imponerse. Ellos se refugian en el silencio o profieren parrafadas sin sentido, ecos de dichos de  otros, retazos de palabras sin enunciación propia. Ellos pueden ser portavoces de voces imperativas que reclaman la suya, que no adviene. ¿Por qué han renunciado al placer del sentido? ¿Por qué se niegan a la vida en el Verbo? ¿Por qué se refugian en reiteraciones infinitas de acciones enigmáticas?
Insondable decisión del ser, el suyo es un trabajo extremo de defensa ante la angustia inconmensurable que se desprende de estar privado del Verbo y, con ello, del aquí y allí, del mañana y el pasado, del yo y el tú, de lo que distingue lo mío y lo ajeno, de las alegrías y penas que nos aportan las palabras.
Debido a esa precariedad simbólica son presa fácil de la ferocidad evaluadora, que ha pergeñado el identikit del nuevo ideal psicológico según el cual hablar es informar, entender es procesar, conversar y crear vínculos es poseer habilidades sociales, enfadarse es indicio de un déficit en la gestión de la agresividad… A quienes quieran adaptarse, regulando sus conductas a sus sacrosantas normas, se les promete una ganancia de autoestima. La cual incidirá positivamente en el autocontrol de las emociones, con el beneficio añadido de la asertividad, resultado del cálculo de riesgos y pérdidas. Según la criba derivada de semejante “psicología”, todos los seres hablantes, incompletos y fallidos, formamos parte del espectro autista. Todos somos deficitarios ante su rasero estadístico, mortificante e inclemente. Y cuando los autistas, los más vulnerables, se rebelan a sus autoritarios dictámenes para forzarles a ser autónomos y, en su desesperación, aúllan o se agitan, hiperactivos, ellos tienen el recurso a la diosa Química.
La vida en el Verbo, la diversidad inmensa de la humanidad hablante nada importa a los cautivos en el atractivo hipnótico del adjetivo “científico”. A quienes sirven voluntariamente al mercadeo que todo lo intoxica con su lenguaje de gestión,  la mano no les tiembla al firmar sus condenas: ¡Incurable!  Creyéndose eximidos de la responsabilidad que requiere el Verbo, se declaran “expertos”. Su garantía son las imágenes del cerebro, las acreditaciones universitarias, los cargos, los fármacos, las estadísticas. Siervos de un discurso ciego y embrutecido se envalentonan llegando a despreciar el saber acumulado durante veinte siglos de pensamiento ético y político, de clínica, lógica y literatura. La prensa garantiza su supervivencia con monótona insistencia.
Munidos de significantes técnicos, pregonan que el complejo dramatismo de la vida humana se reduce a conductas cuyas pruebas fueron arrancadas a las ratas. Pero el animal, preso en la Necesidad, puede y, de hecho, prescinde de la lógica. En cambio, el ser hablante la precisa aunque la ignore, para orientarse en el Verbo y conseguir tejer la Vida, con los hilos de deseo. Freud anunció esta verdad incómoda y le llamó inconsciente, debido a que el hablante se empeña de manera absurda en su negación, aún al precio del desvarío y de dolores inútiles.
Servir al discurso analítico supone haber renunciado a la idea de Voluntad en pos de elegir amarrarse y someterse a su lógica, que coloca en su debido lugar la Causa, la causa del decir, que es la causa del deseo. Desde allí, invitamos a los autistas a servirse del Verbo, a advenir al ser una vez vencidas en nosotros las tentaciones autoritarias, una vez que nos hayamos desprendido de los mandamientos que exigen nuestro sacrificio a dioses oscuros.

Bibliografía
J. Lacan: Conferencia en Ginebra sobre el síntoma. En Intervenciones y textos 2. Manantial. Buenos Aires 1988. Pág. 155
J.Lacan: Dos notas sobre el niño. Idem. Pág. 55
J. Lacan: Acerca de la Causalidad psíquica. Obras Escogidas I. RBA.Barcelona. 2006.
J.Lacan: Seminario XI. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Paidós. Buenos Aires. 1989.


[1] Cita de H.Heine apreciada por Freud.
[2] “Se podría decir que el verbo se define por ser un significante no tan necio –hay que escribirlo en una sola palabra notannecio- como los otros sin duda, que efectúa el paso de un sujeto a su propia división en el goce y lo es aún menos cuando determina esa división en disyunción y se convierte en signo.” J.Lacan. Seminario XX: Aún. Paidós. Barcelona 1981. Pág.34
En el verbo palpita la vida de un sujeto, es decir, su relación al goce, presente en su modo de decir, su estilo.







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MESA 7. Salud Mental, ¿existe?

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 II FORO: LO QUE LA EVALUACIÓN SILENCIA
 "Las Servidumbres Voluntarias"


MESA 7. Salud Mental, ¿existe? Coordina Santiago Castellanos

La iniciación a las servidumbres voluntarias
Juan Pundik
Concernidos por lo que la evaluación silencia: la función de acogida, o la nota de blues en la Salud Mental
Jesús Sebastián
Las servidumbres de la prevención
Montserrat Puig
Una apuesta por el sujeto
Ana Castaño



 

Juan Pundik. Psicoanalista. Presidente de la Plataforma Internacional contra la Medicalización de la Infancia. (Madrid).

“La iniciación a las servidumbres voluntarias”.


El ilustre pedagogo Gianni Rodari escribió “En la escuela tradicional no hay lugar para la imaginación. Lo que aprende el niño es a callar, hacer lo que se le ordene, aprender lo que no desea, ceder la autoridad sobre su tiempo y espacio, dejar fuera el juego, los amigos, el placer de inventar, la armonía con su cuerpo. Debe aprender a respetar el mundo tal como es. La libertad queda excluida.”

Escribió Platón “Un espíritu libre no debe aprender nada como esclavo. No se debe emplear la fuerza, se aprende jugando.”

La escolaridad actual, apoyada y secundada por padres y docentes, constituye el rito iniciación a las servidumbres voluntarias. A los niños y adolescentes que se rebelan, el 20% de la población escolar, se los somete a medicación y tratamientos cognitivos conductuales. Esta escolaridad, la psiquiatría y su Biblia el DSM-IV están al servicio de la corrupta industria farmacéutica, brazo fundamental de los estafadores globalizados que han robado las riquezas de todos, generando esta falsa crisis. El TDAH no existe. Para el DSM-IV las que habéis organizado este formidable Foro y los que participamos somos hiperactivos que debiéramos estar medicados.

El ser humano ha perdido su libertad y se ha entregado voluntariamente a la servidumbre. El 90% de la población vive enganchada a las adicciones: al alcohol, a los cannabis, a la cocaína, a las drogas de diseño, a los ansiolíticos, tranquilizantes, antidepresivos, hipnóticos para dormir y miles de medicamentos fraudulentos, a la tele, a los videojuegos, a la ludopatía y a los alimentos ingeridos como ansiolíticos. El soma de Un mundo feliz.

Ha llegado la hora de un enérgico y radical relevo generacional. Que, tal como lo demandan los rebeldes del 15-M, los corruptos sean enviados a la cárcel. Que los que se han repartido las riquezas patrimonio de toda la ciudadanía sean obligados a devolverlas. Que los desproporcionados y vergonzosos sueldos, prebendas y jubilaciones que se han fijado nuestros ilustres “representantes” sean derogados.

La militancia, la protesta, la rebeldía, la movilización y las legítimas reivindicaciones parecían haberse ahogado en un mar de pasividad, indiferencia, resignación y botellón. Sorpresivamente, hace escasos 30 días apareció en la red un grito virtual, pero no por eso menos estruendoso y conmocionante: ¡DEMOCRACIA REAL, YA! Todos a la plaza el 15-M. Y las plazas de España y del mundo se fueron llenando de jóvenes  exigiendo el cambio.

En los movimientos de masas y en este también siempre se han infiltrado oportunistas, provocadores y pendencieros. Los auténticos y honestos luchadores y reivindicadores trabajan para neutralizarlos y alejarlos. Corren el riesgo de ser ellos los neutralizados y apartados. Debieran ser apoyados por los que aspiran a poner en marcha una democracia real, libre de políticos, financieros y empresarios corruptos ávidos de poder y riquezas ilimitadas, eligiendo representantes que impulsen dinámica y creativamente la actividad económica, para que todos puedan ejercer su derecho a un trabajo, ingresos, una vivienda dignos y un futuro esperanzador. Albert Einstein “El mundo es un lugar muy peligroso, no tanto por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan pasivamente a ver qué pasa".

Debemos estar con los jóvenes del 15-M, acompañarlos y transmitirles nuestra experiencia para que no se repita lo del siglo pasado en el que muchos de estos movimientos desembocaron en fascismo o estalinismo. Estos jóvenes pretenden constituirse en el vivo testimonio de una generación que afirma haber decidido sacudirse las servidumbres voluntarias. Los de mayo del 68 proclamaron “seamos realistas exijamos lo imposible”, los de mayo 2011 advierten “ya tenemos Sol, ahora vamos a por la Luna”. Apoyémosles en su locura porque es la buena.

Pero hay algo que los del 15-M ignoran. Que para que el mundo, el país y las cosas cambien primero tenemos que cambiar cada uno de nosotros y y cada uno de ellos y que eso no es posible sin psicoanálisis. Porque el amo de las servidumbres voluntarias no ha cambiado y no está afuera. Está dentro de nosotros. Es el superyó que nos ordena el goce de servir voluntaria o involuntariamente, consciente o inconscientemente. Nos ordena gozar hasta morir.

Jesús Sebastián. Psicoanalista. Licenciado en Medicina y Cirugía. Director Gerente de la Fundación Atención Temprana (FAT) (Zaragoza)
“Concernidos por lo que la evaluación silencia: la función de acogida o la nota de blues en salud mental”.

Me he permitido una referencia musical, lo que sin duda es un atrevimiento por mi parte, porque, si la entiendo bien, introduce un matiz que es de gran interés para el asunto que nos convoca: la nota de blues, por la tensión armónica que genera al chocar con los acordes que se utilizan para acompañar, es responsable de la sonoridad dramática y de la expresividad características de ese estilo. Podemos decir que lo define. Pues bien, por el modo de su ejecución, si la forzáramos, para definirla, a encajar en la notación clásica, es decir en intervalos de semitono, sencillamente haríamos desaparecer esa sonoridad y esa especificidad del blues.

Quiero compartir con ustedes la experiencia de resistencia al empuje, descarado y amenazador, hacia una práctica devastadora que se desentiende de aquello que, de lo humano, en este caso el sufrimiento, no encaja en los vastos y rígidos moldes en que intenta ser colocado bajo la especie de la discapacidad o del trastorno. Estamos en el marco de un programa de titularidad pública, vinculados mediante contrato resuelto por concurso público a la provisión de servicios de atención temprana, más cerca del campo de la salud mental, o mejor del sufrimiento psíquico, que del campo de los déficit.

Nuestra resistencia se concreta en la permanente y tozuda oposición al uso de un sistema de tipificación modular (a, b, c) que pretende establecer las necesidades de tratamiento de cada niño, cálculo que finalmente se reduce a un computo de horas de tratamiento y de número de sesiones, y que se hace corresponder con una asignación económica, justificación última del sistema. Como si la viabilidad del programa público dependiera de lo que gastemos con cada niño, argucia que permite la reintroducción en la función pública de la hermana tornera con el goce que le es propio: tú pasas, tú no, tú… no se!

Por haber podido situar en nuestros centros la función de acogida como el dispositivo coherente para responder a la demanda del sujeto que sufre, orientados en eso por el psicoanálisis, podemos oponernos a un modo de acceso al servicio que se nos propone reducido al tiempo de cumplimentar una ficha de admisión y de realizar una entrevista protocolaria de presentación del centro y del programa, para pasar, seguido, a aplicar un tratamiento que ha sido decidido en otro lugar, mediante un procedimiento de valoración breve, poco matizado pero contundente, y por profesionales que no van a intervenir con ese niño, sino para evaluar nuestra intervención.

En lugar de esto, dedicamos todo el tiempo que cada cual precisa en su práctica para encontrarnos una y otra vez con cada niño y con su familia, hasta poder localizar y precisar de qué, cómo, en qué sufre cada sujeto y acordar con él los modos y las vías de su tratamiento. A partir de ahí es fácil que cada tratamiento avance en las vías que pueden permitir a un sujeto caminar, hablar, pedir, comer, aprender, vivir…

Lo podemos hacer por la complicidad y el compromiso de los miembros de cada equipo en esta sorda resistencia, también por haber contagiado un gusto por un hacer determinado y por privarnos de otros. Y también, ciertamente, por haber decidido poner a la gerencia, cuya función sostengo en este montaje, no al servicio de la gestión, sino al servicio del trabajo que cada día, cada niño y su o sus terapeutas llevan a cabo y al servicio del deseo que les anima a cada uno. Al servicio de esa función de acogida, garantizándole todos los recursos que precisa.

Con resultados económicos muy ajustados, muchas veces no se nos paga todo este trabajo, en cambio somos muchos trabajando en diferentes lugares de nuestra Comunidad Autónoma. Pero, sobre toda otra consideración, ¿ustedes se imaginan recibir un niño, una niña, una tras otra, asignados a un módulo a, b o c, e iniciar, así, sin más, una serie enloquecida de tratamientos, de sesiones, cronómetro en mano: “psicomó”, “logopé”, “fisioté”, “estimú”, “psicoté”, para conseguir rellenar adecuadamente los registros que permiten facturar a final de mes esa barbarie?, ¿se imaginan estar en ese goce estúpido desentendidos de la voz, la mirada, el llanto, la sonrisa, la queja o la protesta de cada uno de esos niños y sus padres?

¿Ustedes se imaginan un mundo sin blues? Yo no.

Montserrat Puig. Psicoanalista. Psiquiatra. Docente de la Sección Clínica de Barcelona ICF. CSMA de la Derecha del Eixample. (Barcelona)
“Las servidumbres de la prevención”

Prevenir: Prevenir el mal, prevenir el sufrimiento, prevenir la enfermedad. ¿Cómo podríamos no estar de acuerdo? Prevenir siempre es mejor que curar. Prevenir aspira al daño cero. Pero ¿es posible siempre? Y lo que es más importante ¿es legítimo a cualquier precio? ¿El fin justificaría en este caso los medios?
La medicina preventiva es uno de los logros de la medicina actual. Basada en el gran triunfo que ha supuesto la prevención en el campo de las enfermedades infecciosas. Pero la prevención ha alcanzado el estatuto de servidumbre impuesta cuando no voluntaria. Tomemos la exigencia en nuestra sociedad de llevar una vida sana, de llevar un “estilo de vida sano”. Es algo que se tiene por totalmente normal y deseable. Es una servidumbre voluntaria en aras a la prevención tanto de la enfermedad como del envejecimiento precoz (bueno lo de precoz ya es actualidad los 70 años). Es también una exigencia, una imposición, hasta la culpabilización del sujeto que se deje llevar por alguna satisfacción, o goce, poco “sano”.
No sé si han les ha llegado un mail muy divertido que circula sobre todo lo que deberíamos hacer cada día. En él se muestra no solo lo absurdo de la cuestión sino que es imposible y  paradójicamente incompatible con la vida. Si le dedicamos la vida a la prevención la vida se nos escapa. No se trata solo de no fumar sino de cosas como lavarse los dientes después de cada cosa que nos ponemos en la boca durante cinco minutos, comer 5 veces al día los nutrientes adecuados en cantidad y frecuencia masticando 10 veces cada bocado, dormir 8 horas diarias, andar 1 hora diaria, hacer el amor con la frecuencia adecuada, reír cada día unas cuantas veces, relajarse cada día, por supuesto amar y ser amado, estar informado de la actualidad para tener un juicio propio pero sin estresarse ni deprimirse (difícil tarea) etc., etc., etc.…al final del mail, y una vez hechas las cuentas, cada día debería tener unas cuantas horas más de 24 para poder mantenernos sanos. La ceguera es total.
Como ven varias de estas conductas preventivas están orientadas a nuestra salud mental. Si, mas allá de lo absurdo de la prevención total en medicina olvidando que vivir mata, es lo que tiene la vida que está orientada irremisiblemente hacia la muerte, el imperativo de la prevención ha alcanzado también a nuestras satisfacciones y a nuestros síntomas. Se pretende que un estilo de vida adecuado nos proteja del malestar de la vida, de los malos encuentros, de las consecuencias de las pérdidas y de las elecciones.
Para ello se realizan no solo campañas de prevención de la depresión, de la ansiedad, de los llamados trastornos de la alimentación sino también del pasaje al acto en los llamados Programas de prevención de la conducta suicida y últimamente el delirio preventivo ha llegado a la esquizofrenia. La paradoja es que si en principio la prevención se trata de evitar que alguien o un “segmento de la población” caiga enfermo lo que se está consiguiendo es que todos seamos potenciales enfermos es decir que todos debamos tratarnos como enfermos. Así los niveles de tensión arterial y de colesterol son cada vez más bajos y los parámetros de medición conductual que son los cuestionarios de screaning de los factores de riesgo y señales de alarma, cada vez más normativos.
Los cuestionarios de evaluación de la salud mental y de riesgo de sufrir enfermedad a capas cada vez más amplias de la población y en edades más precoces hace temer lo que puede llegar a ser un imperativo de homogeneización, todos iguales, borrando de la singularidad de cada sujeto. En una imposición en un sujeto medio estadístico, inexistente, que lejos servir para prevenir nada desvele más bien la imposibilidad de hacer efectivo el programa de la prevención generalizada.



Ana Castaño. Psiquiatra. Psicoanalista. Jefa de Servicios de Salud Mental de Moratalaz-Vicálvaro (Madrid)
“Una apuesta por el sujeto”.

Como psicoanalista que soy trabajando en la Institución pública quiero trasmitiros en pocas palabras y con la oportunidad que me brinda este 2º foro que es lo que propone
el psicoanálisis y que es lo que nos guía en esta civilización, llamada hipermoderna, sostenida en un pensamiento único de la cifra y la evaluación; la pseudociencia que impera en todos los ámbitos del discurso con su pasión biologizante tiene un especial calado en el campo de la salud mental llegando a producir una doble servidumbre: Por un lado formar parte de los agentes que mantienen el orden público establecido y por otro diagnosticar según los manuales al uso para aplicar el correcto procedimiento, procedimiento que incluye protocolos y guías de la práctica clínica avaladas por comités de expertos para arrancar de cuajo el síntoma que deja al sujeto en su desamparo siendo precisamente el síntoma una de las vías posibles para expresarse.

En la Salud Mental se trata de uniformar desde las clasificaciones y los psicofármacos, la diversidad que toca a lo más íntimo no es conveniente como ya nos adelantaba Lacan en "Acerca de la causalidad psíquica" cuando dice que no se presta a risa el pasar de la causalidad metafísica a la técnica científica ya que "un día se sabrá de encargos en serie de ideales a prueba de crítica" y podemos observar que ese día ya ha llegado con los avances de la manipulación genética incluso el malestar queda reducido a que algo en el ADN no anda bien.  Hoy en día en cualquier revista leemos que si uno no es feliz será por un problema con la serotonina. Entonces ¿qué entendemos por estar sano? ¿Que nos vaya bien en la vida, es decir en el amor, en el trabajo, con la familia? pero si uno se detiene un poco en la pregunta y comienza a hablar de cómo le va el desajuste se hace presente y aparecerá un mal entendido tras otro bajo la fórmula "me falta algo" "estoy bien pero....." "no sé qué me pasa", el ser parlante está dividido, escindido y tiene tendencias que insisten una y otra vez y que no son comprensibles a la razón: se hace daño, se hace echar, se hace callar, se hace odiar, cualquier variante del hacerse pero sin saberlo o si lo sabe no lo puede evitar: uno sigue fumando a pesar de toparse en la cajetilla con el slogan "fumar mata" o las terribles imágenes de los órganos dañados.

El psicoanalista se ocupa de ese malentendido, de esa tendencia que se repite, de la división subjetiva que se manifiesta en los tropiezos del lenguaje, no en lo que se dice sino en cómo se dice, como señala Lacan " en esa huella imperceptible que sabe ver el cazador del desierto: la pisada de la gacela en las peñas" y aunque el objeto del psicoanálisis es el inconsciente, que por fortuna no cumple con los parámetros de la metodología científica, tenemos nuestro método como refiere JA Miller en "Introducción a un Discurso del método analítico" al decirnos que  " si en la práctica no tenemos patrones, tenemos principios" y no tenemos patrones porque nos dirigimos a lo más singular del sujeto, a eso que no marcha y que es lo más propio de cada uno. Es por estar en juego el sujeto que la dimensión ética es imprescindible, ética que atraviesa los principios rectores del acto analítico. Uno de estos principios hace referencia a la formación del analista, formación muy compleja y comprometida ya que sin deseo no es posible el acto analítico: "dar lugar a lo nuevo que va a ocurrir".

La demanda, siempre consentida, a un analista debe ser avalada (avaluación clínica) por las entrevistas preliminares para localizar la posición del sujeto en la estructura, cuestión fundamental ya que es lo que va a orientarnos en la dirección de esa cura, no es lo mismo que se trate de una neurosis o de una psicosis. Es este tiempo preliminar para la subjetivación mediante los dichos del paciente lo que nos guía para comenzar el trabajo del inconsciente. Este trabajo no consiste en normativizarlo sino en que se responsabilice de aquello que lo enreda para saber hacer con lo que le es más sintomático.

El psicoanálisis es una práctica de la palabra y tiene su lugar en la institución de salud mental siempre que este sostenida en un deseo decidido por los que trabajamos en ella. Es incuestionable lo que aporta para poder pensar la psicosis y dar una salida digna al sujeto que delira.

Étienne de la Boétie en su "discurso de la servidumbre voluntaria"  nos dice que un modo de no ser sumisos pasaría no tanto por quitarle nada al tirano si no por nada darle, es por tanto la apuesta por el sujeto del inconsciente que propone el psicoanálisis lo que haría de dique a esta servidumbre sin medida.  





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